Comentarios sobre aspectos médicos y zootécnicos basados en mi experiencia a través de 50 años de ejercicio profesional privado
viernes, 13 de agosto de 2021
lunes, 9 de agosto de 2021
lunes, 19 de octubre de 2020
El perro en Oriente...........(quinta entrega)
Los perros fueron en la Grecia
clásica, no solo auxiliares en la guerra y en la paz, sino los más
desinteresados compañeros de los héroes. Buena prueba de ello tenemos en el
perro Argos, exaltado por Homero con su habitual grandeza de estilo. Cuando
Ulises retornó a Itaca, después de veinte años de ausencia, nadie le reconoció
bajo sus harapos de mendigo. El héroe, entristecido y mustio, paseaba con
Eumeo, el criado de su palacio y guardián de los ganados. De pronto, Argos se
aproximó a Ulises, movió alegremente el rabo, dobló las orejas en señal de
sumisión y lamió la mano de su dueño. El gran patricio y victorioso soldado,
emocionado ante tan constante fidelidad, lloró enternecido, mientras Eumeo
decía: “Es el perro de un héroe que murió en tierras extrañas. Ahora el pobre
animal yace abandonado en un estercolero. Desde que Ulises pereció, lejos de su
patria, las mujeres de este palacio, negligentes y perezosas, le han abandonado
a su triste suerte.” El perro “Argos” murió después de haber reconocido a su
señor y haberle rendido homenaje de pleitesía.
La acrópolis de Corinto fue
salvada por los perros que la custodiaban. Combatiendo valientemente mientras
dormía la soldadesca, detuvieron al enemigo y dieron tiempo a que se organizase
la defensa. Por su parte, los reyes de Macedonia hacían pasar a sus súbditos
entre filas de perros para purificarlos. Los filósofos no dejaron de hacer
justicia a tan fieles amigos del hombre. Plutarco atribuía a estos animales la
facultad de pensar, de obrar y de entender con raciocinio. Plinio afirmaba que
hubo pueblos gobernados por perros, y Sócrates tenía la costumbre de jurar por
el suyo. Platón, a su vez hace decir a Sócrates en su República: “Es necesario escoger un guardián para la ciudad, un
guardián capaz de descubrir y asustar al enemigo y que, al mismo tiempo, sea
bastante fuerte y valeroso para combatir frente a él. Nuestro amigo, el perro,
nos ofrece un bellísimo ejemplo. Ya sabeis que todos los perros, bien educados,
son perfectamente corteses con sus familiares y adustos con los extraños. Este
instinto es en ellos de origen ejemplar y agradable. Vuestro perro es un
verdadero filósofo, porque distingue al amigo del enemigo con el único criterio
que da el conocer y el no conocer. ¿Cómo podrá el hombre dejar de amar a
aquellos que saben discernir tan diestramente lo que es amistoso y útil de lo
que es hostil y maléfico con la única intuición del conocimiento y de la
ignorancia?” También Plutarco celebró las gloriosas gestas del perro Malampito,
que atravesó a nado el mar en plena tempestad para reunirse con su dueño, un
negociante de Corinto.
Hubo muchos perros famosos en Grecia. Sobresale entre ellos, el perro de Alcibiades, admirado por todos los atenienses. Su dueño le exhibía con un collar de oro macizo por las calles de la ciudad. “Ircano”, perro de Lisimaco, rey de Tracia y Macedonia, muerto en la batalla de Ciropedión, dio a conocer con sus fúnebres ladridos el lugar donde se hallaba el cadáver de su amo, y se lanzó a la hoguera en la que fueron consumidos los restos mortales de aquel. Diógenes mandó colocar un perro sobre su tumba. Simón de Egino esculpió un perro que se catalogaba entre las mejores obras de la estatuaria griega. El perro de Giason Licio, el que organizó la expedición de los argonautas, murió de hambre junto al cadáver de su ilustre jefe, expresándole asín su adhesión ilimitada. Los perros de Alejandro de Macedonia han dado lugar a una curiosa historia: el rey de Albania había regalado al más ilustre de los generales del mundo un potente mastín, y Alejandro quiso asustarle haciéndolo llevar a un parque donde guarecía a sus osos y otros ejemplares de fieras. El perro, lejos de asustarse, contempló inmóvil a esos terribles huéspedes del gran monarca, comportándose como si los creyera inferiores a él. El soberano, que se consideraba el más valiente de la tierra, no pudo soportar su actitud de reto y, celoso de que alguien, aun ajeno a la raza humana, fuese superior a él en bravura, ordenó matarle. Al tener noticias del suceso, el rey de Albania le envió otro perro, llamado “Peritas”, advirtiéndole que no luchaba con animales de baja calidad, sino con leones, elefantes, tigres y otros de esta estirpe, hasta el punto de que solo había dos en la tierra con quienes poder compararle. Alejandro puso a prueba el raro ejemplar. “Peritas” despachó en una abrir y cerrar de ojos a un león de aspecto feroz. Entonces lo enfrentó con un elefante. “Peritas”, alternando la astucia con la audacia, logró dar en tierra con el paquidermo. El valeroso perro fue desde entonces el favorito del gran conquistador. Al morir, su amo fundó en honor suyo la ciudad de Perita.
En Roma, la imagen del perro figuraba siempre al lado de las estatuas de los lares y penates. Representaba el emblema de la fidelidad, de la obediencia, del acatamiento al poder de los superiores. Incluso los grandes dioses, como Mitra, llevaban consigo la compañía del perro. En cambio cada año se hacían sacrificios de perros en loor de Phito, de Minerva, de Hécate o de Proserpina. Las fiestas lupercales se iniciaban con la matanza de estos animales en las grutas consagradas al dios Fauno. En el templo de Esculapio se mataba anualmente un perro, en castigo por aquellos que dejaron de ladrar cuando los galos penetraron de improviso en el Capitolio: sin embargo, fueron los mejores auxiliares de las legiones romanas. Los números más apasionantes del circo consistieron en luchas de grandes perros entre sí, o con otros animales. Dentro de los perros circenses se distinguían por su acometividad, los mastines británicos, los procedentes del Epiro y los fenicios.
El escritor italiano Columena,
se expresa con gran fervor respecto a las virtudes que adornan a los perros.
Según él, entraña un fundamental error el hecho de colocarlos entre los
animales carentes de palabra. Ada uno de los matices con que emiten sus ladridos,
revela, a su entender, la expresión de su sentimiento, de un deseo, de una
idea. Lucrecio, que fue uno de los más grandes admiradores de los perros,
defiende parecidas teorías. Sus elogios al perro de ganado constituyen una de
las más bellas joyas de su inolvidable poema De rerun natura. “El perro sueña –dice-, lo vemos por su inquietud
y hasta por los ladridos que emite mientras duerme, luego algo en el sigue
despierto, mientras su cuerpo descansa tras las diarias fatigas.” Al narrar las
trágicas escenas de la peste de Atenas, describe Lucrecio la ciudad en pleno
colapso, con sus calles llenas de cadáveres, y, mientras el terror hace
desertar de aquellos infaustos recintos a los pocos ciudadanos inmunes de la
dolencia, allí quedaron los perros sin moverse, ni un instante, junto al dueño
fenecido, ladrando desesperadamente en demanda de auxilio.
Era el perro leal custodio de
las casas romanas casi nunca faltaba una inscripción Cave canem, “¡cuidado con el perro!”. A veces junto al letrero se
veía la silueta del animal. Virgilio, que supo expresar como nadie el genio
romano, ha cantado en las Geórgicas
los servicios extraordinarios que presta al hombre su fiel compañero. Con
sublime acento lírico, aconseja a los pastores que cuiden a su perro como si
fuera un familiar más, porque es indispensable para el buen orden del ganado,
la custodia del hogar, las artes de cetrería. El poeta bilbilitano Marcial se
exalta ante el recuerdo del perro “Vertago”, capaz de apresar una liebre con
sus dientes sin destrozarla. Solino, el cronista cuenta que cuando Nerón
encerró en la cárcel a Tito Sabino, éste era visitado cotidianamente por su
perro. Le siguió después hasta el suplicio y cuando su cadáver fue lanzado al
Tiber, el perro se dejó morir en el rio. Plutarco menciona a un perro denominado “Zopico”, que representaba con
extremada pulcritud difíciles pantomimas ante el emperador Vespasiano.
Trimalción, según Petronio, pidió en su testamento que labrasen la imagen de su
fiel perrita a los pies de su estatua. El llamado perro de Melita, de raza
pequeña y pelo largo, de ensortijados bucles y cabeza alargada era el preferido
de las romanas elegantes que lo llevaban consigo a las termas, a los paseos y
en los viajes. Era una raza de perros que abundaba en Sicilia, pero tal vez,
originaria de Malta. Uno de estos ejemplares perteneció a Popea, la mujer de
Nerón, y dio lugar a una disputa tan violenta entre ella y Lépida, tía del
emperador, que ésta murió casi inmediatamente del disgusto.
lunes, 12 de octubre de 2020
El perro en oriente.............. (cuarta entrega)
La mitología griega confirió
al perro una calidad portentosa. Fue consagrada a Diana, a Marte, a Mercurio, a
Pan, a Esculapio y a Venus, al mismo tiempo. En los templos había perros
sagrados que eran objeto de veneración especial, pues alejaban a los genios
maléficos e influían favorablemente sobre los acontecimientos futuros. Su
residencia divina se situó en el cosmos bajo forma de constelaciones y
estrellas. Así ocurrió con Sirio, el perro de Orión, que sigue eternamente por
las rutas etéreas a este cazador impenitente, y anuncia con su aparición la
llegada de la canícula. Los lebreles es una constelación del mismo origen, como
el perro menor, situada al sur de los Gemelos, y Maira, en la de Eridano.
El perro era para los griegos
un agente insustituible de la civilización. Su primordial misión consistía en
alejar de las ciudades y los campos a los animales famélicos, espectros del
infierno y de sus sombras. Era el compañero inseparable del hombre, el auxiliar
inapreciable de sus trabajos Durante la
jornada le libraba de enemigos, y durante la noche, con su vigilancia, le
permitía entregarse apaciblemente al sueño. En estas horas lúgubres, cargadas
de oscuridad y de pavores, Diana lanza sobre la tierra sus jaurías de perros
voraces. En la Hélade, las batidas de animales feroces se hacen con perros, y
el arte de la caza se confunde con el culto del perro. Maleagro, uno de los
argonautas, va siempre circundado de perros. Ostro y Cerbero, son dos mitos
perrunos de gran transcendencia. El primero es un perro bifronte, custodio
feroz del monstruoso Gerión. El segundo, guardián lúgubre del Erebo, tiene tres
gigantescas cabezas, repetición de la leyenda de Anubis. Es el feroz guardador
del mundo subterráneo, del reino de Plutón, y, a la vez, el de Osiris. Entre los trabajos de
Hércules, el duodécimo consistía en arrancar a Cerbero de las mansiones
infernales para entregarlo al rey Euristeo. El templo de Dyonisos se elevaba en
medio de un bosque sagrado guardado por un ejército de mil perros y el templo
de la diosa Venus era custodiado por un perro denominado “Cromión”, vigilante
fiel del altar y de sus vasos de oro.
En la corte del rey Minos, en
Creta, los perros desempeñaban un preeminente lugar y les era confiada la defensa
y protección de las embarcaciones en sus periplos por el mediterráneo. La caza
fue una de las diversiones mayores del pueblo griego. Por tal razón, tanto
Homero como Jenofonte cantaron en loor de los perros los más grandes
ditirambos. La caza, sin su colaboración directa, se tenía por una diversión
despreciable y la que se llevaba a cabo con redes y lazos mereció la más airada
opugnación de Sócrates.
domingo, 4 de octubre de 2020
El perro en Oriente.............. (tercera entrega)
Si el perro ha sido
menospreciado por los hebreos, ello se debe a que, habiéndoles prohibido Moisés
el culto de los dioses, consideraron con odio a un animal que los egipcios les
obligaban a respetar. Un israelita no podía, ni siquiera, tocarlo durante su servidumbre
en la tierra en la tierra de los faraones. Sin embargo, en el Antiguo
Testamento se encuentra más de un pasaje enaltecedor del noble animal. El
cuerpo de Abel, abandonado a merced de las fieras tras el crimen cometido por
Caín, aparece custodiado por el mismo perro que le ayudaba a guardar el ganado.
El libro de Tobías y el Deuteromonio se ocupan frecuentemente de ellos con
simpatía. El perro de Tobías forma parte de los hechos más recordados por los
pueblos cristianos. ¿Quién ha olvidado su peregrinación a lo largo de caminos y
pedregales para anunciar al padre ciego el pronto retorno del hijo y el término
de sus desgracias?. Ya entonces era el perro el símbolo de la abnegación.
En el año 1164 antes de Cristo
el emperador chino Chow Hsin atribuyó a los perros de raza real, es decir,
descendientes de las jaurías palatinas, un lugar en el protocolo de la corte.
Confucio dice que el perro familiar debe ser conducido a la tumba en el mismo
carro donde viaja su dueño. Se lee en un texto taoísta: “Una de sus más bajas
cualidades es la de aferrarse a la presa, no soltarla y saciar su voraz
apetito; una de sus mediocres ocupaciones es vigilar al sol; uno de sus mejores
atributos es el de olvidarse de sí mismo.”. Perros de aspecto terrible
defendían las casas de los nobles chinos. A ellos incumbía, también, montar la
guardia frente al pabellón de las bailarinas. La raza real de los Chow era la
de los perros reales por excelencia. Algunos de ellos poseían privilegios tan
extraordinarios como el de permanecer sentados junto al emperador en las
recepciones y acompañarle en las cacerías y en las guerras. Por otra parte, a
medida que el lujo penetró en los recintos de la aristocracia, los perros enanos
fueron adquiriendo mayor fama y prestigio y se les tributaron grandes honores.
El emperador Ling-Ti, que reinó cien años antes de la era cristiana, poseía un
perrito de esta raza, al que confirió un título semejante al de doctor en
Letras. El animal aparecía en todas las recepciones con el gorro
correspondiente a tan alta categoría oficial. Los perros chow de la familia
imperial tenían un cierto número de soldados adscritos a su servicio. Se les
destinaba la mejor carne de las cocinas regias y las alfombras más ricas de los
salones para que sobre ellas extendiesen sus delicados cuerpos. Muchos de estos
animales morían de tristeza tras el fallecimiento de sus dueños. Sus colores se
consideraban como signo de buena o mala fortuna. Eran preferidos los negros con
orejas blancas, indicio para su propietario de que llegaría a poseer una gran
fortuna. También los de color negro y oro eran presagio de un fausto
acontecimiento a los largo de la vida de su poseedor. En los alrededores del
año 1300 se dio a conocer en China una raza de perritos semejantes a los leones
por su aspecto. Son el origen de los modernos pequineses, animales de
personalidad muy interesante, de temperamento orgulloso y de terquedad inaudita
en sus decisiones.
lunes, 28 de septiembre de 2020
El perro en Oriente..........(segunda entrega)
En lengua sánscrita, al perro
se le conoce bajo cincuenta nombres distintos. Es una prueba de la antigüedad
de la especie. El nombre más repetido es el de cvan, que al parecer, ha servido
de raíz a todas las apelaciones dadas al mismo en los idiomas europeos. En la
Zend-Avesta el perro es estimado como uno de los tres animales que tenemos
obligación de alimentar. Según sus preceptos, quien maltrate a uno de ellos,
sea doméstico o silvestre, sufrirá penas terribles en la otra vida. En Egipto,
la adoración del perro tomó caracteres de extraordinario esplendor. En
monumentos elevados cuatro mil años antes de Cristo, su silueta sirve como de
adorno preferente. Su veneración a título de divinidad tutelar, va unida a la
estrella Sothis, Sirio de los griegos o Canícula de los latinos, la más fúlgida
y fastuosa luminaria del firmamento.
Anubis era hijo de Osiris y de
su hermana, esposa del dios Eyphon. Para evitar las iras del dios, su madre
recurre al supremo arbitrio de abandonarlo. Isis descubre entonces que Osiris
habían sido víctima de un error y se hace cargo del niño cuando, con la ayuda
de sus perros, consigue hallarle. El propio Anubis, cubierto de una piel de perro,
acompaña a Isis para buscar el cadáver de Osiris, asesinado por Typhon.
Hasta aquí el mito de Anubis,
que se convierte en dios-can con su cuerpo de hombre rematado por una cabeza de
perro. Los romanos habían de llamarle, un tanto despectivamente, el ladrador,
por su oficio de velar a los muertos y ahuyentar a los espíritus malignos
sirviéndose de incesantes ladridos. Es un mito que presupone la necesidad de
los servicios del perro post-morten, para defender el alma de los malos genios
que la asaltan en el camino hacia la inmortalidad. Anubis guardaba también las
puertas del paraíso subterráneo. Seguía siendo, pues como en la India, una
divinidad doble. También se le confió el oficio de vigilar el peso de las almas
cuando son colocadas en la balanza que ha de determinar su mérito o demérito.
Su culto, iniciado de forma espectacular en Heliópolis se extendió después con
rapidez inaudita a todas las ciudades del imperio. Antifax II, faraón de la X
dinastía, aparece en un bajorrelieve escoltado por cuatro perros de diferente
raza. Estos animales , aparte de tan altos menesteres, ejercían en Egipto el
papel de servidores, compañeros, guardianes de los ganados y auxiliares de la
caza. Iban con sus dueños al paseo y a las ceremonias públicas. Servían de
recreo a las princesas, de capricho a las damas importantes y de juguete a los
niños. Un rey de la XI tres mil años antes de Cristo, poseía cinco perros que
hizo esculpir en un bajorrelieve de su tumba. El más hermoso se llamaba Abaku y
aparecía situado el pie de su trono engalanado con un collar riquísimo, aparte
de otros adornos que, a modo de condecoraciones rutilantes, le colgaban del
cuerpo. Su dueño creyó, sin duda, más en su lealtad y desinterés que en el de
la mayor parte de sus palatinos. Un poco alejados, aparecen en el bajorrelieve
los demás perros, a quietes no pierde de vista un siervo de ágil traza. Al
parecer, le competía cuidar de que no
perturbasen el orden de la ceremonia celebrada en su presencia.
lunes, 21 de septiembre de 2020
El perro en Oriente, en Grecia y en Roma (primera entrega)
Hubo un tiempo en que los hombres gozaban de la amistad de los dioses. Y también de sus atropellos caprichosos. Pero a cambio de esto, cuando querían honrar a sus allegados, se les permitía coger un puñado de estrellas, agruparlas con destreza y sabiduía y escribir en el firmamento una glosa inmortal. No podían olvidarse de su amigo el perro. Y en las estrellas le reservaron un adamantino sitial: la constelación Canopus, entre otras cosas. Estas otras se refieren a perros semidivinos, altos héroes entre los perros; aquellos que se habían distinguido en sus hazañas cerca de los dioses, bien como guardianes de sus moradas, o como compañeros de las monterías celestiales. En las más primitivas mitologías, el lugar ocupado por el perro es similar al que desempeña desde que fué sometido a domesticidad. Si en la normalidad de su vida se halla comúnmente en el portal de las casas, no es de extrañar que en el orden mítico lo hallemos también sentado y vigilante junto a las puertas del cielo. Su oficio es el de presenciar la aparición y la desaparición del astro rey. Al lado suyo se encuentran los dos genios que dirigen la marcha del tiempo.
Cuando estos dos momentos cruciales han pasado, la naturaleza del mito también se transforma. El perro precede durante unos momentos la salida del sol y sigue su ocaso, pero, después, cuando entra la noche, se convierte en un animal fúnebre, infernal, peligroso. Por oposición, cuando avanza el día, es favorable y próvido. Existen, pues, dos clases de perros míticos: el perro solar y el lunar, ambos de signo opuesto. Entre los dos se halla la perra-madre, representación tangible de la luna errante, la luna compañera de las noches propicias. Esta tercera encarnación del perro nos completa el cuadro de las posibles actitudes del mismo. El perro negro -rememoración del lobo- se presenta ante el héroe solar, amenazador y rugiente, al atardecer, en las puertas occidentales del cielo; la perra-madre le presta socorro en la selva nocturna, cuando la cruza camino de la caza; el perro diurno, le recibe a la puerta de su hogo cuando, de vuelta del reino tenebroso, llega por la mañana para reintegrarse a su casa. Tales son las principales fases de la mitología india.

